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Consejos para escribir: Así se enfrentan a la hoja en blanco ocho jóvenes escritores

Ocio y Cultura
TOA EFTIBA

Ocho jóvenes escritores comparten sus consejos sobre escribir, la música que escuchan, si procrastinan (o no) y hasta qué punto temen la página en blanco

"Los narradores no tenemos una idea muy clara de lo que hacemos. Cuando es bueno no suelen saber por qué y cuando es malo, tampoco". Esto escribe Stephen King en una de las ediciones de su libro súper ventas (uno de tantos) Mientras escribo, una suerte de memorias mezcladas con consejos sobre escribir del prolífico autor (y maravilloso tuitero). No sabemos si esta será una máxima que se cumple en todos los que se dedican al oficio, por eso le hemos preguntado a ocho jóvenes escritores cómo se enfrentan (o se amigan con) al acto de escribir.

El Conde de lo Trágico

Víctor Parkas

Acaba de publicar Game Boy (Caballo de Troya)

Escribo esto, esto, con Shara Worden deslizándose por mis auriculares. Si esto lo hubiera escrito ayer, los que se deslizarían por mis auriculares serían The Redskins. En ambos casos, bien si hablamos de violines, bien si hablamos de botas militares, la música no es una elección: la utilizo sólo cuando necesito amortiguar el sonido ambiente de la estancia. Ahora mismo, por ejemplo, Worden me aísla de la sección de deportes del telenoticias. Escribo en el salón, porque en el estudio que compartía con mi pareja ahora hay pañales talla dos, un cambiador con estampado de cocodrilos y peluches de National Geographic. Concilio escritura y cuidados, lo que significa que mis hábitos necesariamente cambian y se adaptan a los de mi bebé –la rutina es un privilegio del que no tengo que preocuparme, porque no es un privilegio que ostente. En ese sentido, procrastinar o titubear ante la página en blanco son caprichos que como escritor de clase obrera nunca me pude permitir, pero que como padre han pasado, directamente, al terreno de la ciencia-ficción especulativa. La única tradición inamovible durante el proceso, ayer y hoy, es la ingesta de café. Largo, con leche de avena. Y la lectura constante: antes de irme a dormir, empezaré y terminaré “Botellón verde lima, rosa codeína" de Klari Moreno.


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Lucía Baskaran

Este abril se publica su segunda novela, Cuerpos malditos (Temas de hoy. Planeta)

Me suelo despertar temprano, entre las cinco y las siete de la mañana. Es mi momento preferido del día para escribir. A esas horas hay una quietud que me ayuda a pensar mejor. Cuando abren la biblioteca o alguna cafetería no demasiado ruidosa, sigo escribiendo allí. Ducharme, vestirme e ir a otro lugar a escribir me sienta bien, me gusta que mi casa y el sitio donde escribo sean espacios distintos. Al mediodía preparo la comida, como, y a veces sigo escribiendo y otras leo, dependiendo de lo productiva que haya sido la mañana. Me suelo acostar temprano.

Parece una vida muy ordenada, pero lo cierto es que me cuesta mucho despegarme de las redes sociales y no mirar el móvil de manera compulsiva. No llevar el móvil encima cuando voy a escribir es algo que estoy haciendo últimamente. Intento escribir un mínimo de mil palabras al día, aunque cuando empecé con la segunda novela lo rebajé a quinientas porque el arranque me costó bastante. Me ayuda mucho tener una rutina; me ordena. Siempre llevo un cuaderno y un bolígrafo en el bolso para apuntar las ideas que se me vayan ocurriendo a lo largo del día.

Nunca escribo ni leo en mi habitación. Tengo problemas para dormir más de cuatro horas seguidas y necesito que mi cuarto sea el sitio en el que duermo y nada más. A veces (pocas) escucho música mientras escribo, pero solo instrumental. He aprendido a escucharme y no encabronarme los días en los que no fluyo. Cuando me toca un día así, cierro el ordenador y hago cosas que no tengan nada que ver con leer o escribir: estar con mis amigas, ir al monte, dar un paseo o, sencillamente, descansar y aburrirme. Creo que el aburrimiento es esencial para que se te ocurran ideas.


Alba Carballal

Su primera novela es Tres maneras de inducir un coma (Seix Barral)

Lo primero que me gustaría hacer es reivindicar el derecho a la pereza. Sin procrastinación, al menos en mi caso, no hay escritura. A pesar de todo, procuro sentarme a trabajar a diario, aunque algunas veces no sea capaz de escribir ni una línea: las horas de lectura, documentación y vídeos chorras en Internet son también parte del proceso. Mi forma de trabajar tiene mucho que ver con la incorporación recurrente en el discurso de elementos externos (citas literarias, filosofía, canciones, referencias cinematográficas, series, humor gráfico, etc.), y sospecho que si no estuviera expuesta a este tipo de estímulos constantemente el flujo de la creatividad se cortaría.

Escribo a ordenador -soy incapaz de hacerlo a mano-, aunque necesito el apoyo del papel para elaborar esquemas de trama, cadenas de pensamiento, etc. Si en algo se nota mi formación de arquitecta es en que necesito dibujar: me ayuda a visualizar lo que estoy contando. Por lo demás, no soy especialmente maniática.

Escribo en cualquier parte -bibliotecas, bares, librerías, el sofá de mi casa o un banco en el centro de Madrid- y a cualquier hora, prefiero la música al silencio y el barullo de la calle a la música, y mientras escribo sigo una dieta omnívora que incluye mucho ensayo, bastante narrativa y algún que otro postre poético. Tengo que ser, eso sí, muy cuidadosa con la selección, porque la empatía me traiciona: se me pega lo bueno, pero lo malo también.


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Munir Hachemi

Cosas vivas (Periférica) es la primera novela que publica con una editorial

Me sorprende mucho la idea de que alguien pueda escribir sin ganas. Yo sólo escribo cuando una idea se me ha agarrado al cerebro como un parásito y llega el momento en que es o ella o yo, y tengo que sacarla. Puedo sentarme a ordenar notas, a pasar a limpio, pero no a escribir (¿es escribir si se hace sin ganas?). Por lo demás, esas ganas o esa necesidad, aunque no pueden crearse ni inducirse sí se pueden invocar, y cuando llegan hay que dejarlo todo y escribir.

Yo las invoco con algunos textos fetiche, que no son necesariamente los que más me gustan pero sí los que me hacen sentir que escribir en ese momento escribir es del todo imprescindible. Tres ejemplos: El nervio óptico, El pasado, 2666. Por supuesto, la sensación es un espejismo, pero un espejismo productivo: sirve para echar a andar hacia el vacío.

El proceso material depende de cómo respire el texto, pero normalmente lo escribo todo de corrido, dedico todas las horas que puedo del día, y luego lo paso a ordenador, que es como una reescritura. Después lo corrijo, lo que supone una tercera escritura.

Siempre que me pongo música para escribir escucho lo mismo: Judee Sill.


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Alena KH

Su última novela es Un año y un día (Ediciones B)

Sólo consigo escribir bien por las mañanas, así que intento hacerlo al levantarme. Me despierto, me hago el café… ¡y a trabajar! Lo esencial para mí es tener el cerebro en blanco, y no haberlo "ensuciado" con las noticias, las redes sociales o cualquier otro tipo de información. De hecho, si es posible, prefiero no haber hablado con nadie antes. La mayoría de las ideas se me ocurren durmiendo, no es nada raro que me despierte a las 4 de la mañana y apunte algo en la libreta que tengo en la mesita de noche. A la mañana siguiente lo repaso, pero también es cierto que lo que te parece fantástico a las cuatro de la madrugada, no siempre acaba siéndolo. A veces ni siquiera me entero de lo que quería decir.

Trabajo en silencio absoluto. La música me distrae, el móvil también, así que lo tengo apagado. No llevo libretas conmigo, tampoco anoto todo lo que veo a mi alrededor. Cuando se me ocurren frases o ideas, las apunto en las notas del móvil y los traspaso a una libreta en mi casa. Tengo otra libreta más, con palabras que he aprendido de los libros que leo (no soy nativa, así que sigo perfeccionando el castellano), y con los sinónimos o las técnicas que me gustaría utilizar en el futuro.

Soy de las que cree que para ser un buen escritor, deberías empezar por ser un buen lector. Algunos dicen que abandonan la lectura mientras escriben algo suyo, que cualquier libro ajeno puede "interferir" en su estilo. Yo no estoy de acuerdo, y es que cualquier estilo es una suma y una variación de miles de estilos de los demás.


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María Bastarós

Es coautora de Herstory: una historia ilustrada de las mujeres (Penguin Random House) y también ha publicado Historia de España contada a las niñas (Fulgencio Pimentel)

Mis hábitos para escribir oscilan muchísimo, igual que mis motivos. Si estoy haciéndolo sobre temas de investigación o arte, prefiero acomodarme en mi oficina compartida, en una cafetería o en algún lugar con trasiego: de alguna forma, tener que evadirme del exterior me ayuda a concentrarme. Durante la investigación de Herstory pasé horas en una cafetería de mi barrio. El café era terrible pero me sentía muy en el ajo ahí, con las madres comprando el almuerzo a sus niños llenos de mocos, las dependientas aprovechando su media horita de descanso y las jubiladas echando la mañana y flipando con las uñas estilo Rosalía de las camareras. Escribía un poquito para mí y un mucho para ellas.

A la hora de darle a la ficción, la cosa cambia: no pienso en lectores potenciales y prefiero quedarme en casa. Jamás me pongo música para escribir, pero el proceso creativo me supone un subidón que me obliga hacer pausas, a escuchar determinados temas -desde Lola y Manuel a Melt Banana, dependiendo de sobre qué esté escribiendo- a caminar como una autómata y -oh, tragedia- a fumar. He dejado el tabaco hace meses pero, mientras otros extrañan el cigarrillo del café o del after-sex, a mí me esclaviza el de la escritura, el del humo en el ojo y el teclado lleno de ceniza.

Si tuviera que decidirme por una única necesidad, estaría más relacionada con el antes que con el durante: para escribir ficción necesito haber viajado, haber visto algo sorprendente, haber sentido fascinación y odio y asco con intensidad inusitada. Haber vivido, vaya. Si no estoy conmovida o alterada no me siento impelida para escribir y, en mi caso, no tengo una rutina destinada a provocarlo. No pienso en mí como escritora -pensarse a una misma como algo concreto limita y estresa- sino como una persona que hace muchas cosas; cada una en el momento propicio y abrazando una producción mutante y abierta.


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Juan Gómez Bárcena

Acaban de reeditar su primer trabajo, Los que duermen (Sexto Piso)

La escritura es en mi caso algo que siempre sucede por la noche, a ser posible a altas horas de la madrugada. Es un trabajo que siempre viene acompañado de toda serie de estímulos: desparramados por la mesa, libros relacionados con el tema de mi obra, que puedo consultar en cualquier momento; en mi regazo, el cuaderno de anotaciones y esquemas que dedico a cada novela; en mi ordenador, sonando, determinada melodía que contribuya a sumergirme en el estado de ánimo apropiado para escribir el pasaje correspondiente.

No me asusta la página en blanco. Un día escribiendo, aunque el resultado sea un montón de párrafos que irán directamente a la papelera de reciclaje, nunca es un día perdido: al menos me habrá servido para descubrir toda una serie de senderos que no quiero transitar. Mi mayor preocupación, por tanto, no es escribir y que el resultado sea inútil, sino todos esos días que por diferentes compromisos -laborales, sociales, vitales- no logro encontrar ese instante de paz para sentarme a escribir. O a no escribir.


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Ada Nuño

Debuta con El swing del noctámbulo (Expediciones Polares)

Nunca le he tenido miedo al papel en blanco, imagino que es como los pintores que tienen el cuadro en su cabeza y se paran ante el lienzo. Es solo un comienzo. Solo necesito tener la idea general en la cabeza, y entonces me siento frente al ordenador y tecleo. Aunque suene un poco tópico, la historia cobra vida y a veces los personajes la llevan por otros derroteros.

Soy un poco anárquica y no tengo una rutina de trabajo real. Leí una vez que Márquez se levantaba a las 5 de la mañana todos los días para escribir, pero yo estoy en las antípodas de eso. Un día lo mismo escribo 40 páginas y luego me paso 15 días sin escribir. Al tener que compaginar un trabajo que requiere muchas horas de teclear (periodista) con la pasión de escribir, intento hacerlo cuando de verdad creo que tengo algo que contar. No podría tomarme algo que me gusta tanto hacer como una obligación.

La música definitivamente sí me inspira para escribir. Blur, The Smiths, Morcheeba, Radiohead, The Smashing Pumpkins, Edith Piaf… Y para no cortarme las venas a veces intento escuchar cosas un poco más alegres.

Algún día descubriré por qué pasar tiempo en los transportes públicos me inspira. Quizá son los sitios en los que más reflexiono. Tener a mano las notas del móvil para apuntar cualquier cosa es la clave, aunque luego parezcan las anotaciones de una loca, el resultado merece la pena.

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